28 abril, 2008

JUEGOS

La semana pasada quise comprar en mi ciudad un dominó, un juego de damas y uno de oca y parchís. No fue fácil. Juegos raros había muchos, pero los citados no los encontré con facilidad. Por suerte, en un bazar chino, había de todo.

Gracias a ellos (a los bazares chinos), puedo jugar con mi hija a juegos tradicionales de aquí, ya que en las jugueterías españolas, ahora, sólo hay juguetes hechos en China...

31 marzo, 2008

CARGA DOCENTE...

Un buen amigo, profesor de la Universidad Politécnica de Cataluña, me hablaba el otro día de lo curioso que era que al principal trabajo (según creo yo) de un profesor universitario, el enseñar, se le denominara normalmente como ‘carga’ docente.

Esta carga suele ser objeto, además, de debate sobre la cantidad de la misma que debe ‘soportar’ cada miembro del profesorado, dado que se considera que se debe tratar de reducir en aras de que los profesores o profesoras puedan realizar otras tareas, como las de investigación, que son las que realmente cuentan.

En un momento en que, como cada poco (casi cada año), se vuelve a tratar el tema de los cambios en la universidad española, resulta curioso comprobar cómo se va sofisticando más la evaluación del trabajo de investigación, con complicadas discusiones sobre métodos, y, sin embargo, sigue existiendo un vacío enorme en la evaluación de la calidad de la enseñanza (aunque reconocemos que su valoración no es sencilla). Sin embargo, lo peor es el sentimiento de que ello, para muchos, no parece tener mayor importancia...

Si bien la investigación es básica en el desarrollo de cualquier estado, y eso lo seguimos defendiendo sin dudarlo como siempre, no es menos cierto que la mejor formación para nuestros estudiantes no pasa por tener un profesorado sólo con una acreditada solvencia investigadora, que se pasen todo el curso de congreso en congreso (dejando, al carecer lógicamente del don de la ubicuidad, su carga docente a becarios u otros profesores), sino que más bien tiene que ver con sistemas en los que los investigadores trabajan en centros de investigación, según sus méritos, y en los que la posibilidad de enseñar se deje a aquellas personas que puedan acreditar unos méritos mínimos en el conocimiento de la enseñanza, en sí, universitaria y de cada materia en cada uno de sus múltiples apartados de conocimiento.

El problema -no sólo en España-, es la dificultad del acceso a centros de investigación pura -con una retribución digna- especialmente en algunas áreas. Es algo más fácil (pero sólo algo) tratar de ‘quedarse’ en la universidad una vez se han acabado los estudios superiores, tras pasar licenciaturas, postgrados y doctorados, así como años de becas de investigación (no de docencia, claro) entre sus paredes, con una paga muy mala.

Los buenos enseñantes que publican poco, no suelen valorarse en mucho (salvo excepciones), a veces incluso por el alumnado, ya que se suele valorar sólo de forma especial el estar con profesores de prestigio, grado subjetivo que se obtiene por lo general tras una fecunda labor investigadora. Y esa subjetividad nace, claro está, de la posibilidad de ‘medir’ un currículum vitae.

Lo positivo en la actualidad, no sólo aquí, es estudiar con un Premio Nobel, aunque éste no sepa hablar en público ni se aprenda gran cosa con él, y aunque su carga docente sea realmente soportada por un amplio equipo.

Alfonso López Borgoñoz

(publicado en 'Astronomía', como editorial en mayo de 2008)

25 febrero, 2008

SON ELLOS...

Es verdad que me repito. Pero no soy yo el principal contumaz. Son ellos. El aniversario del lanzamiento del Sputnik nos ha servido a muchos para ayudarnos a recordar (por si a alguno se nos había olvidado) la grandeza de una gesta maravillosa que sucedió hace cincuenta años y, también, en algún momento, la indisoluble unión que hay y ha habido siempre entre el desarrollo de la ciencia más avanzada y el de la tecnología de uso militar.

Como ya indicábamos en marzo, al hablar de los temores que para muchos representa el que los iraníes estén desarrollando su programa espacial para un doble uso (de paz y de guerra), los dos grandes progenitores técnicos directos de la carrera espacial, el ucraniano Korolev y el germanoestadounidense Von Braun, dieron sus primeros pasos prácticos en cohetería ideando misiles cuyos objetivos humanos no les eran ajenos en absoluto. De hecho, incluso Von Braun pudo comprobar el éxito de sus lanzamientos contra Londres, el cual fue apreciado incluso por el bando de sus bombardeados, que le dieron importantes cargos tras la guerra para aprovecharse de sus conocimientos.

Ni siquiera España es ajena a este juego. Nuestro gobierno hacía público en julio pasado que uno de los dos primeros satélites íntegramente españoles sería dedicado a su uso por el Ministerio de Defensa. No es que critiquemos la decisión, pero es curioso que la mitad justa del importante esfuerzo se dedique a defensa (y no una quinta o cuarta parte, por ejemplo, lo que hubiera estado más en sintonía con el presupuesto de la investigación militar con respecto a la civil en España).

No es que vivamos entre nubes de algodón, pero nos sigue molestando el comprobar, día a día, el que para todos los gobiernos, de todos los colores, el espacio no es sólo un importante ámbito de trabajo donde ampliar nuestro conocimiento y mejorar la vida de los hombres y mujeres sobre nuestro planeta, sino que, especialmente, es un lugar en el que ir poniendo en práctica diferentes estrategias para el control del mismo y de los que nos movemos bajo él.

Todo lo anterior viene a colación por haber visto en febrero como las autoridades estadounidenses derribaban su satélite espía USA 193, aparentemente fuera de control y con graves riesgos para los seres humanos si el mismo caía sobre la superficie terrestre por efecto de la hidracina que contenían sus depósitos. Para rusos y chinos (y otros), la excusa de su interceptación y destrucción no estaba tan clara. Temían que sólo fuera una prueba muy costosa (de entre 30 y 40 millones de euros) de destrucción de satélites desde tierra.

La verdad es difícil de saber, especialmente cuando sabemos que destrucciones similares ya las han hecho algunas de las potencias que acusan de ello a los EEUU. Ignoramos si la cantidad de hidracina era ahora de verdad más preocupante que en los otros casos de satélites que han ido cayendo (unos 328 en cinco años, según The New York Times), o si el miedo era sólo a que la tecnología cayera en manos rivales o si realmente era un simulacro de guerra de las galaxias...

De momento, muy poca claridad, más miedo y preocupación, y un nuevo montón de escombros inundando el espacio, con los graves riesgos de futuro cercano a ellos asociados. Confiaremos en que la destrucción del satélite haya sido un mal menor, pero se deberían establecer protocolos rígidos a nivel internacional para decidir estas cosas cuando seguro vuelvan a suceder en el futuro. Y hasta entonces, y como deseaba el jefe galo Abraracurcix, sólo nos cabe desear que el cielo no se caiga sobre nuestras cabezas.

Alfonso López Borgoñoz

(versión levemente ampliada del Editorial que se publicó en Astronomía, pág. 5 abril 2008)

China y los Juegos Olímpicos

Entrevista en El Periódico de Cataluna, pag. 45, domingo 24 de febrero de 2008

La situación de los derechos humanos en China, a seis meses del inicio de los Juegos Olímpicos, es vergonzosa.
La represión más brutal, la limpieza ética y étnica, la tortura, la pena de muerte, así como la falta de derechos laborales, sociales y culturales seguirán campando a sus anchas por el país, por los alrededores de la zona olímpica, quizás de forma poco perceptible para los viajeros, tal como ha sucedido durante la construcción de los enclaves deportivos, basados en el sufrimiento y en la violencia sobre los trabajadores y trabajadoras que los han levantado.

Sin duda, habrá una China orgullosa de lo que se ha hecho, pero sin duda también habrá otra que estará esperando de las autoridades de todo el mundo y de los visitantes (deportistas o no) que vayan a la gran nación asiática algo más que buenas palabras para con el gobierno.

Hace falta que todos tratemos de demostrar de forma palpable nuestro rechazo pacífico, sin ningún paliativo, al trato que los gobernates de ese país dan a sus gobernados.

¿Jugarán lo perros también en el más allá?

Se ha muerto Chip, el perro que vivía con mis suegros, casi a los 17 años.

Laura, mi hija de seis año, lo conocía, claro, desde siempre... Se quedó muy apenada y sólo espera que cuando ella vaya a la nube de los hombres muertos, pueda pasar a la nube de los perros muertos y volver a jugar con Chip, aunque sólo sea un esqueleto.

19 febrero, 2008

El País apto para cualquier cosa...

Preocupado por la puesta a la venta de una colección dirigida por Iker Jiménez (y lo que es peor, su promoción con un regalo junto a la edición de "El País" del domingo 27 de enero, ver enlace -aunque no lo recomiendo-), escribí al Defensor del Lector de dicha publicación, José Miguel Larraya Mendia, un mensaje electrónico con una larga queja (aunque no muy bien escrita, todo sea dicho) por tal motivo:

Estimado Sr. Defensor del Lector de El País,

Le escribo en referencia a la colección sobre los programas televisos de Íker Jiménez que su diario ha regalado este domingo y que se distribuye a partir de esta semana, creo, con el mismo.

Desde mi punto de vista, uno de los elementos más importantes para un medio de comunicación es la credibilidad de toda su oferta informativa. De toda, ya que no es fácil para el lector saber en todos los temas cuándo el rigor es de primera clase o cuándo éste no existe.

Es por ello que para el lector sea fundamental el tener confianza en que desde un medio de comunicación se le ofrecen las mejores informaciones que son posibles obtener, y que elo se hace de una forma razonable, sin presentar investigaciones mal hechas o con búsqueda de datos a medias.

No me es positivo -como lector- darme cuenta que lo que se me dice a veces es creíble, a veces es engañoso y a veces sólo se ha comprobado a medias. No tengo 'el algodón que no engaña' que, pasado por encima del diario, me permita tener un buen conocimiento crítico de todo lo que leo. Los errores de Íker Jiménez son bien conocidos en los medios científicos y periodísticos desde hace tiempo, y ello ha sido puesto de relieve en numerosas ocasiones.

No es que sea tan inocente como para pensar en medios de comunicación puros, pero tampoco me conformo con la creencia de que, en el fondo, a éstos -y a los que trabajan en ellos- les es igual patrocinar un tipo de mensajes que otro, y que no les importe hacer pasar como investigación seria lo que es sólo fruto de la ficción.

Y la credibilidad no sólo es buena para un medio de comunicación, sino para cualquier trabajador o empresario. Un objeto vendido como plata en una joyería lo suelo entender como tal (no suelo hacer pruebas para comprobarlo). Si me lo venden por la calle, de entrada no me lo creo. Pero si las joyerías empiezan a vender como plata algunos objetos que no lo son... ¿Me va a tocar hacer pruebas complejas que no domino cada vez que mi triste economía me permita tratar de comprar un regalo de ese noble metal a alguien?

Y eso molesta. Si venden bajo la misma imagen noticias que son verosímiles junto a otras noticias que no lo son en absoluto, se me plantean dudas... el rigor, ¿será siempre el mismo?

Los directivos de los medios de comunicación se deben dar cuenta de que si se pone de moda mentir sobre fantasmas, extraterrestres, godzillas o jugadores de fútbol, su deber será seguir dando -pese a ello- la mejor verdad demostrable y razonable, así como su opinión sobre ello si quieren, de forma lo más diferenciada posible.

Y, si se deja hablar a Íker -ante todo libertad de expresión- ofrecer conjuntamente un reportaje bien documentado sobre sus posibles inexactitudes, ambigüedades y errores.

¿Hasta qué punto es fiable un medio de comunicación (no sus periodistas) cuando apuestan más por la posible venta de un producto que por el rigor en su información?

Si se admiten planteamientos como los de Íker y se les da mucha publicidad y vida (más que a otros periodistas de la misma empresa), ¿hasta qué punto creerse lo que nos digan desde ese medio de comunicación cuando no conocemos al periodista que escribe?

¿Cómo saber dónde sitúan en cada caso en la dirección de ese medio su ánimo de explicar la verdad más probable (por ser la que es sostenida por las mejores pruebas y razonamientos existentes) y no la ficción que más dinero pueda llegar a darles?

¿Hay mentiras buenas y mentiras malas, cuando se dan desde un medio de comunicación que aspira a ser serio?

Muchas gracias por su atención,

Alfonso López Borgoñoz

Castelldefels, 28 de enero de 2008
De forma muy correcta y rápida (al día siguiente, martes, 29 de enero de 2008 12:31) me contestó el propio Defensor del Lector, con el siguiente mensaje:

Estimado lector:

La difusión y venta junto al diario EL PAIS de una colección de programas de Cuarto Milenio que dirige Iker Jiménez y que emite la cadena de televisión Cuatro, que es gestionada por el Grupo Prisa, ha generado su protesta así como la de otros lectores.

Entiendo y comparto sus razones ya que la mayoría de los reportajes de esa colección de programas tendría un difícil encaje en las páginas del diario. De hecho, en sus más de de treinta años de historia la parapsicología, las apariciones o los ovnis han sido ignorados por EL PAIS y cuando han sido abordados se ha hecho siempre con un criterio razonable alejado de cualquier actitud crédula.

La decisión de ofrecer ese coleccionable a los lectores del diario responde, como es obvio, a razones estrictamente comerciales cuya valoración, como se me ha recordado, no forma parte de las competencias del Defensor del Lector de acuerdo con su Estatuto, que acota sus funciones a los contenidos del periódico y a vigilar que el tratamiento de las informaciones sea acorde con las normas éticas y profesionales del periodismo. Siempre será discutible si el diario ve comprometido su prestigio en función de la calidad de los productos que comercializa que cada día son más variados. Pero le aseguro que éste defensor no puede ni quiere entrar a valorar sus prácticas comerciales, ni a garantizar la calidad de esos productos.

Atentamente

José Miguel Larraya

Agradezco la respuesta y la entiendo. Mi crítica no es hacia él. Es un Defensor sólo del Lector y no del Consumidor.

La posición de PRISA queda clara. Es mercadotecnia, no tiene porque ser verdad en absoluto aunque el que la vende la venda como verdad posible y probable (aunque no haya pruebas de ningún tipo a favor y sí millones en contra).

Puede ser cualquier producto milagro si los de mercadotecnia quieren, como esas maravillosas almohadas que lo curan todo o esos productos adelganzantes que se ofrecen por la emisora de radio de la Cadena Ser. No importa el engaño, no importa la mentira.

Sólo es dinero, sólo es negocio, no es un problema para ellos de ética ni de verdad al servicio de la información.

El tema ha sido objeto de muchos escritos de blogs, mucho mejor que aquí, entre los que destacan los publicados por Javier Armentia, en el blog de ARP-APC ("El País de la pseudociencia") y por Luis Alfonso Gámez, en su propio blog ("¿Se puede hacer algo contra la telebasura paranormal?").

05 febrero, 2008

IRÁN SE UNE A LA FAMILIA ESPACIAL

El pasado lunes 4 de febrero, Irán efectuaba con éxito una prueba de un cohete espacial dentro de su programa de preparación del lanzamiento de un satélite de investigación durante el mes de marzo del año que viene. Ambos ingenios, el cohete y el satélite, que se llamará Omid (Esperanza), son fruto de la ingeniería de esta república islámica. No deja de ser curiosa esta capacidad tecnológica en un país en el que las lapidaciones siguen siendo legales.

Pese a todo, el cohete y el proyecto de satélite despertaron una cierta alegría en los que pensamos que en el espacio cabemos todos, de oriente a occidente, especialmente si sirven para ampliar nuestro conocimiento sobre nuestro entorno.


Desgraciadamente, ese sentimiento de vio matizado con una indudable preocupación por el perfil del actual gobierno de ese país. Pero, y es bueno recordarlo, la verdad es que eso también nos pasa con las autoridades de la mayoría de países que tienen cohetes en la actualidad.

Aunque el perfil militar del lanzamiento iraní no es ningún secreto, como tampoco lo es lo que el mismo implica desde una perspectiva geoestratégica en un Medio Oriente convulso, tampoco podemos olvidarnos que no son los primeros (ni serán los últimos) en unir el desarrollo de una industria espacial, con el perfil bélico de algunos de sus gobernantes y con el interés de éstos por la energía nuclear (en este caso para uso pacífico, según han declarado fuentes oficiales de esta misma nación).

Cabe recordar que los principales artífices del programa espacial ruso, como Korolev, adquirieron su experiencia en cohetería gracias al diseño de misiles balísticos intercontinentales en un contexto de guerra fría y desarrollo atómico. Lo mismo cabe decir de los estadounidenses, que el 31 de enero conmemoraron el 50 aniversario del lanzamiento al espacio de su primer satélite -el Explorer I-, y dónde muchos de sus ingenieros, con Von Braun a la cabeza, también habían desarrollado antes cohetes de uso militar. Es difícil tirar la primera piedra, y más cuando ninguna de esas dos potencias (ni la China ni la India), ha renunciado aún ni a bombas atómicas ni a misiles, reactivando cada cierto tiempo proyectos militares en el espacio.

Tal vez lo mejor para el espacio fuera que algunos gobiernos no sean los que son. Pero eso no sólo sería bueno para el Cosmos, sino principalmente para los habitantes de los países que los sufren y que ven como algunos de sus derechos humanos más básicos son violados sistemáticamente, en uno de los casos con unos JJOO de fondo.

Si las autoridades de Irán quieren lanzar satélites de investigación, que éstos bienvenidos sean. Si tienen otras intenciones detrás, ello no será culpa de la ciencia.

Alfonso López Borgoñoz

(publicado en Astronomía pág. 5 marzo de 2008)


04 enero, 2008

2009, AÑO DE LA ASTRONOMÍA

¡Vamos cumpliendo años! Y no sólo de los normales, sino también de los científicos…


Tras haber ‘vivido’ (más o menos) el 2007 como “Año de la Ciencia” (con el 50 aniversario del lanzamiento del Sputnik incluido...) y después de que hayamos podido disfrutar (espero) en Barcelona entre el 18 y 22 de julio próximo del EuroScience Open Forum (ESOF 2008, que probablemente es la más importante reunión bienal europea pensada para debatir y hablar sobre ciencia en general), el pasado 20 de diciembre la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamaba al año 2009 como Año Internacional de la Astronomía por el impulso dado para ello por el gobierno italiano, la Unión Astronómica Internacional y la UNESCO, en conmemoración del cuarto centenario del uso del telescopio con finalidades astronómicas por Galileo Galilei en diciembre de 1609.


Como todos sabemos, tras la publicación en marzo de 1610 de su afamado Sidereus nuncius, los descubrimientos efectuados por el autor nacido en Pisa (Italia) desde dicho mes de diciembre con su perspicillum –nombre que él dio a su telescopio fabricado por el mismo-, ayudaron poderosamente (al igual que otros hallazgos de la misma época) a mover las palancas de uno de los cambios de perspectiva sobre el conocimiento de nuestro Cosmos más importante de todos los tiempos.


Así, Galileo descubrió en esos meses admirables los cuatro principales satélites de Júpiter, las irregularidades en la superficie de la Luna y el hecho de que la Vía Láctea estaba compuesta por muchísimas estrellas... Muy poco más tarde, en julio, lanzaba también sus primeras hipótesis sobre la extraña forma que él creía distinguir en Saturno (nunca llegó a verlo con claridad ni a interpretar correctamente sus anillos), en octubre se admiraba con las manchas solares y en el mes diciembre siguiente se apercibía de las fases de Venus... Todo revolucionario, pero todo al alcance de cualquier observador que quisiera mirar más allá de los dogmas heredados. Y a veces para eso basta sólo con tener los ojos abiertos, y no querer cerrarlos ante la primera contradicción con lo que pensamos.


Por lo que parece, el objetivo del Año de la Astronomía será estimular el interés por esta especialidad y por la ciencia en general, especialmente entre los más jóvenes y, así, se desarrollarán una multitud de actividades tanto a nivel internacional, como nacional y, lo que es más interesante para la mayoría, a nivel local, dada la amplia cantidad de amantes de la contemplación del Universo y de asociaciones astronómicas que hay en muchísimas ciudades de todo el mundo, como pasa en nuestro país. Ya se han puesto en marcha diferentes organizaciones en muchos estados (como en la misma España, www.iaa.es/IYA09), que prepararán y coordinarán los diferentes programas de actos.


A la espera del 2009, y con más calma que Galileo, hemos tenido un bello cambio de año los aficionados con la fácil contemplación de dos cometas, como son el Holmes y el Tuttle, que volvía a vernos tras casi catorce años de ausencia.


Y es que hay amigos, aunque quizás no todos, a los que gusta volver a ver por nuestra casa en Navidad.

Alfonso López Borgoñoz


(Publicado en Astronomía febrero 2008)

05 diciembre, 2007

¿UNA CIENCIA A DOS VELOCIDADES?

El Informe del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (Programme for International Student Assessment, PISA), elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), publicó a inicios de diciembre los resultados y los análisis de unas pruebas que se realizaron en el 2006 para la valoración de los conocimientos en ciencias, matemáticas y lectura de estudiantes de quince años de diferentes partes del mundo. El estudio (hay uno cada tres años) se llevó a cabo entre cientos de miles de escolares de 30 países de la OCDE y de 27 países asociados, todos ellos situados entre los más industrializados.

Según dicho informe, España se sitúa en el puesto 31 de los estados analizados por el nivel de competencia científica de sus alumnos. Los resultados son similares, en lo malo, a los de los informes del 2000 y del 2003. Las variaciones por autonomías demuestran la relación directamente proporcional entre la mayor inversión pública con la mejor capacidad de los estudiantes.

En otros aspectos de la educación no salimos mucho mejor parados, ya que tampoco son amplios los conocimientos de estos mismos alumnos en matemáticas o lectura, siendo el gasto educativo en España inferior al de la media del estudio de la OCDE.

Ello contrasta, sin duda, con un cierto esfuerzo por la búsqueda de la excelencia que, al mismo tiempo, se está tratando de dar desde hace unos años en España, con unas inversiones cada vez mayores (aunque aún insuficientes) en determinados campos de la investigación científica y de la tecnología, tanto desde el gobierno central como desde los autonómicos, mediante la creación de algunas instituciones -que se espera sean punteras- por todo el territorio nacional, a veces en franca competencia entre sí.

Y es curioso que todo ello se produzca además, justamente cuando, como se observa en las matriculaciones de nuestras universidades, cada vez hay menos jóvenes que apuestan por desarrollar carreras científicas o tecnológicas, por preferir dedicarse a actividades que suponen, quizás, un menor esfuerzo intelectual y una mayor retribución económica que, además, se empieza a obtener muchísimo antes.

Tal vez, como ya pasa en muchos países (como los propios EEUU), poco a poco se vaya generando una España de dos velocidades en conocimientos científicos y tecnológicos, con unos recursos que se vayan aumentando para investigación e innovación (lo que está bien) y una educación general que se limite justito a garantizar un conocimiento mínimo y muy local del mundo que nos rodea.

Como señala el informe PISA, en las sociedades científicas y tecnológicas actuales, comprender los conceptos y las teorías científicas fundamentales y tener la habilidad de estructurar y resolver los problemas de todo tipo que éstas sociedades plantean de una forma crítica, tras haber recibido una formación básica adecuada, es más importante que nunca. Puede parecer exagerado, pero posiblemente vaya en ello el futuro de nuestra democracia.

Alfonso López Borgoñoz

15 noviembre, 2007

LA HERENCIA DEL VIENTO

(viene de SEMBRANDO VIENTOS... EL “JUICIO DEL MONO” EN DAYTON, 1925)

En el año 1960, el juicio de Dayton fue llevado al cine en blanco y negro por Stanley Kramer en una película titulada La herencia del viento -tit. orig. Inherit the Wind— (aunque quizás hubiera sido más apropiada la traducción del título que se usó en Sudamérica ‘Heredarás el viento’), protagonizada por Spencer Tracy, en el papel de Henry Drummond (nombre supuesto de Darrow en el film); Fredric March en el papel de Matthew Harrison Brady (nombres supuesto para Bryan); Gene Kelly en el papel del periodista progresista E. K. Hornbeck (nombre que se le dio en la película por H. L. Mencken); Dick York como Bertram T. Cates (nombre supuesto que encubría a Scopes) y Claude Atkins como el reverendo fundamentalista que lleva a los tribunales al profesor Cates.

El título procede del versículo del libro de los Proverbios (11, 29) de la Biblia que dice que “El que perturba su casa, solo heredará el viento, y el insensato, será esclavo del sabio de corazón” (Proverbios 11,29).

El guión, que indirectamente, fue escrito por Nedrick Young (que originalmente lo firmó como Nathan E. Douglas debido a sus problemas para hacerlo con su nombre original por estar incluido en las listas negras elaboradas en Hollywood por la influencia del senador McCarthy) y Harold Jacob Smith, sobre la base de la obra de teatro del mismo nombre de Jerome Lawrence y Robert E. Lee, escrita en 1950 y estrenada en 1955 (Andy Bradbury “Inherit the Wind - It Wasn’t”, en la web Honest Abe’s NLP Emporium http://www.bradburyac.mistral.co.uk/tenness2.html, 17-08-2006).

La pieza teatral había sido escrita originalmente como respuesta a la amenaza que era para la libertad de expresión y pensamiento el furor anticomunista del senador McCarthy y los que con él colaboraron, y hablaba del ambiente de opresión que se vivía en las esferas intelectuales estadounidenses a finales de los años cuarenta e inicios de los cincuenta mediante su recreación en la ciudad de Dayton (Hillsboro, en el film) durante el juicio de Scopes. Gracias a esta obra, cuyos hechos habían pasado una generación antes, Lawrence y Lee pudieron hablar del clima asfixiante que se vivía en los EEUU de su época. En realidad, la interpretación de March, muy histriónica, la hizo tratando de que recordara más a los gestos de McCarthy que a los de Bryan. Nominada a varios óscars, sólo fue premiada de modo especial en el festival de Berlín del año 1960.

La película fue y es, sin duda, un film impactante. Sobre el respeto a los sucesos de Dayton, desde la perspectiva más histórica, en el film y en la obra de teatro fueron cambiados los nombres de personas y lugares, y en muchas escena (quizás demasiadas) hubo algunas exageradas concesiones a la agilidad narrativa y al dramatismo, como hacer de Scopes el novio de la hija del pastor fundamentalista que lo ataca, detener a Scopes durante su clase, quemarlo en efigie, etc. De hecho, Scopes creo que nunca estuvo en la cárcel ni tenía novia, ni le fueron apresar mientras daba clase. Darrow tampoco llegó sólo al pueblo ni Bryan era el estrambótico fundamentalista que se puede ver en la película.

(viene SEMBRANDO VIENTOS... EL “JUICIO DEL MONO” EN DAYTON, 1925)

11 noviembre, 2007

SEMBRANDO VIENTOS... EL “JUICIO DEL MONO” EN DAYTON, 1925

“El hombre se hace civilizado no en proporción a su disposición para creer, sino en proporción a su facilidad para dudar” (H. L. Mencken)

(enlace para ver fotos de los protagonistas del juicio en Dayton y de la ciudad, así como también en este otro enlace, que contiene caricaturas de la época)

El 21 de marzo de 1925 entraba en vigor en Tennessee (EEUU) una normativa, conocida como los Estatutos de Tennessee sobre la Evolución (Tennessee Evolution Statutes), que fueron aún más conocidos con el nombre de la Ley de Butler (Butler Act), dado el apellido del autor de la misma.

La norma, breve, prohibía desde su preámbulo la enseñanza de la teoría de la evolución en todas las universidades y escuelas financiadas total o parcialmente con los fondos públicos de aquel estado sureño, especialmente en lo referente a las explicaciones sobre la procedencia de los seres humanos.

Tennessee no es demasiado grande. De hecho, su superficie viene a ser como la quinta parte de España, con sólo cinco millones y medio en habitantes en la actualidad. Pese a ser uno de los primeros estados que formaron parte de los EEUU (a los que se incorporó rápidamente en 1796), fue también una de las naciones sudistas que en el año 1861 se separaron, formando la Confederación de Estados de América, razón o excusa que sirvió como detonante del inicio allí de su guerra civil. Por suerte para ellos, tras perder el conflicto, pronto volvieron al redil de la Unión tras el conflicto, lo que les hizo que no padecieran algunas de las peores consecuencias del mismo.

Sin embargo, muchos de sus habitantes continuaron teniendo una mentalidad que poco o nada había cambiado desde las posiciones conservadoras, abiertamente racistas y fundamentalistas previas a la contienda. Incluso es posible que muchas de ellas se vieran exacerbadas tras la misma, en un intento de salvaguardar una hipotética identidad propia frente a la de los norteños, más industrial y liberal.

Sin duda, era posible rastrear, al menos en los inicios del pasado siglo XX, y sobre todo en el medio rural, una cierta inquina contra los habitantes de las grandes ciudades del norte, con cuya actitud en general ante la vida se sentían poco identificados.

UNA LEY NO ESTRICTAMENTE ANTIEVOLUCIONISTA, AUNQUE LO PAREZCA...

La ley es un tanto desconcertante en cuanto a sus objetivos reales tal como está expresada (aunque en un primer vistazo no lo parezca) y su lectura apresurada lleva a un cierto equívoco (aunque evidentemente, ese equívoco no afecte a la sustancia de la norma). De hecho, la misma, como tal, se salvó porque, según el más alto tribunal del estado en el que fue dictada, se podía entender de una cierta forma que no la hacía inconstitucional. Ya lo veremos, aunque quizás ahora al inicio no quede claro...

Pese a que en su preámbulo, aprobado en la sexagésimocuarta Asamblea del Estado de Tennessee, dice que se prohíbe la enseñanza de la teoría de la evolución en todos los centros educativos (desde las universidades hasta la primaria) financiados con cargo a fondos públicos, la primera sección de la nueva ley sólo indicaba (eso sí, claramente) que era ilegal “enseñar cualquier teoría que negara la historia de la creación divina del hombre, tal como se enseña en la Biblia, así como enseñar que el hombre procedía de un orden inferior de animales”1.

Según se recogía en su sección segunda, los profesores que la violaran podían ser castigados con una multa de entre 100 y 500 dólares2, lo cual era mucho para un maestro normal de los pasados años veinte. De hecho, lo sería incluso en la actualidad.

La norma, pues, era explícitamente antievolucionista en el preámbulo de la ley, pero no en su articulado, salvo en lo que afectaba al linaje humano, principal objeción de los contrarios a Darwin. Probablemente pretendía ser antidarvinista claramente en todos los sentidos, haciendo especial hincapié en lo concerniente al linaje humano, pero en su literalidad no lo fue, lo cual permitió que, al final de toda la historia del caso de Scopes, como veremos más tarde, el más alto Tribunal del estado no la considerara inconstitucional. Pero de eso ya hablaremos, aunque ahora cueste creer que eso fue así.

La ley se había redactado por la alarma que causaba en un cierto sector de la población de Tennessee, profundamente religioso, el avance de la enseñanza del darvinismo en algunos de los centros educativos de aquel estado. Fue fruto del trabajo de John Washington Butler3 (1875-1952), un terrateniente que poseía grandes plantaciones de maíz y tabaco y que fue miembro —entre 1922 y 1927— de la Cámara de Representantes del estado de Tennessee (que era la Cámara baja de dicho estado, siendo la alta el Senado) por los condados de Macon, Trousdale y Summer, en representación del partido demócrata, tras ganar las correspondientes elecciones.

El punto de vista de Butler sobre la evolución estaba claro. Por lo que él mismo explicaba, había escuchado una vez contar una historia a un predicador en su iglesia acerca de una joven de su comunidad de Tennessee que se había apuntado a un curso de biología en una universidad próxima. Cuando tras acabar el curso regresó a su casa, dijo el predicador, nunca más volvió a ser una cristiana. La teoría de la evolución había destruido su fe en Dios.

¿Podía, pensó Butler, pasarle eso a sus propios hijos? ¿Podía pasarle eso también a los hijos de sus convecinos del condado de Macon? Sin duda, para él era una aberración que los honorables impuestos de unos honrados granjeros temerosos de Dios de su zona sirvieran para que en los institutos o universidades adoctrinaran con una raras teorías —fundamentalmente ateas— a su descendencia y como consecuencia de todo ello todos los infantes se vieran de forma irremediable abocados a las llamas del infierno.

El problema para Butler no era tanto, curiosamente —según indicó casi al final de su corta vida política que tan larga se hizo para muchos—, la enseñanza en sí del darvinismo, que él aceptaba en las escuelas privadas si ello era la que los padres deseaban y eran éstos los que la pagaban de su propio peculio, sino el que con el dinero de todos se financiara la propagación del pensamiento evolucionista darvinista y de las ‘fatales’ consecuencias que ello conllevaba.

Butler se dijo a sí mismo que no, que eso no era posible y que había que hacer algo... y ese algo que debía hacerse fue una de las bases de su programa electoral del año 1922, cuando prometió a sus votantes que si salía elegido, trabajaría para proteger a los escolares de los efectos perniciosos del ateísmo que insuflaba el alma de las teorías darvinistas. Y cumplió su palabra.

Así, en los inicios del año 1925, Butler presentaba la base de sus Tennessee Evolution Statutes para su aprobación. Los mismos habían sido redactados durante la mañana de su cuadragésimo noveno cumpleaños, antes del desayuno, cuando parece ser que se planteó a sí mismo que ya tenía edad para empezar esta lucha. Su acción, y él lo sabía, no era un esfuerzo aislado. Por la misma época, otros estados del sur, hasta quince, tenían también en fase de aprobación otros estatutos muy similares contrarios a la evolución. Incluso en el propio Tennessee se había presentado por otro político una norma similar, más tajante, muy poco antes.

Tras redactarla, la pasó por la secretaría de la Cámara de Representantes el 21 de enero de 19254, para que se iniciaran los pasos legales pertinentes que permitieran su aprobación y posterior aplicación en todo el estado. Dio su primer paso en este sentido cuando, tras estudiarla muy brevemente (no hacía falta casi ni debatirla, en opinión de Butler), el Comité de Educación de la Cámara la recomendaba rápidamente el 23 de enero, dos días después sólo, siendo aprobada el 28 del mismo mes, por 71 votos a favor y 5 en contra por el pleno de la Cámara de representantes.

Al mismo tiempo que se discutía la propuesta de Butler en la cámara baja, en el Comité Judicial del Senado se debatía la otra norma antievolucionista que se había presentado, la cual fue rechazada por unos ajustados 5 votos a 4 el 29 de enero. Tras este esfuerzo llegó a este comité el turno de discutir el texto de Butler, el cual sí fue aprobado por este Comité por 7 votos a 4 el 10 de marzo, pasando a ser discutido en el Senado del estado el 13 de marzo.

Durante el debate, que no se prolongó en exceso, un senador trató de poner en ridículo al proyecto de ley uniéndole una enmienda en la que se leía que también se prohibía que se enseñara que la Tierra giraba alrededor del Sol. Sin demasiada sorpresa, la norma de Butler fue aprobada (y la del senador que la enmendaba, no) por 24 votos a favor y seis en contra, con un senador que se abstuvo.

Ante el avance del proceso de aprobación, los diarios del estado y de todos los EEUU fueron reflejando vivamente la polémica social que ello iba generando. Si bien era posiblemente cierto lo que indicaba Butler sobre el amplio apoyo de los ciudadanos de su estado a la nueva ley, los diferentes medios de comunicación también reflejaron que había muchos que no estaban tan contentos, como se vio después durante los sucesos que tuvieron lugar en torno al llamado ‘Juicio del Mono’, cuya crónica narraremos después.

Sin embargo, es cierto que en todo momento no hubo muchas dudas del amplio apoyo de las ideas del representante demócrata entre sus conciudadanos y votantes, con grandes concentraciones de gente, en general dirigidas por pastores de diferentes iglesias —muchas de ellas impregnadas con un aura mística notablemente retrógrada y fundamentalista—, en las que se defendía a ultranza la norma. Incluso parece ser que el mismo Ku-Kux-Klan realizó algún acto en su defensa.

Por el otro bando también se alzaron voces, pero de una forma más aislada, al menos, en Tennessee.

En cualquier caso, y pese a la críticas desde otros estados o desde instancias algo más progresistas, la nueva norma fue dando todos los pasos necesarios para su puesta en vigor, pese alguna indecisión, ante el temor de muchos políticos —debido a las presiones de grupos antievolucionistas— de perder sus apoyos electorales en sus condados de origen.

De forma cada vez más acelerada, pues, la norma pasó a ser aplicable tras la firma de la misma el 21 de marzo (sólo dos meses después de haber sido presentada para su aprobación) por Austin Peay IV5 (1876-1927), un gobernador del estado que también era del partido demócrata, y que en aquel momento estaba en la mitad de se segundo mandato, tras haber sido elegido para el cargo en los años 1923 y 1924 (y que aún lo sería una tercera vez en 1926).

A Peay, muy popular en Tennessee en aquella época, muchos lo consideraban un hombre medianamente progresista y pudo haber vetado la ley de haberlo querido. Pero, de nuevo, el temor a la pérdida de influencia electoral impidió que este cargo público actuara según lo que podía esperarse de su trayectoria.

Peay, a modo de disculpa, señaló a la prensa tras estampar su signatura que “tras una examen cuidadoso, no puedo encontrar nada de importancia en los libros que ahora se enseñan en nuestras escuelas con las cuales esta normativa interfiera de la manera más leve. Por lo tanto, no pondrá a nuestros profesores en peligro. La ley nunca será aplicada probablemente”.

Sin duda, el gobernador se refería a textos como el de la Biología Cívica, obra escrita por George W. Hunter6, en el que se describía de forma clara y explícita la teoría de la evolución y cuyo uso era obligatorio en las clases de biología de secundaria, según se había aprobado por las autoridades educativas del propio estado de Tennessee.

Aunque ello contradecía abiertamente a los recién aprobados Tennessee Evolution Statutes, Peay debió pensar que políticamente le convenía no vetar una norma, que quizás sólo era algo teórico, cuya aplicación sería casi imposible a causa de los reglamentos educativos vigentes. Debió razonar para sus adentros que, tal vez, si los evolucionistas tenían sus libros y los creacionistas su ley, las cosas se quedarían tranquilas de momento y nada enturbiaría la paz de su estado.

Pero se equivocó (y mucho) a la corta, y los hechos se lo demostraron muy pronto.

Sin darse cuenta, la decisión de aprobar la norma por los poderes públicos del estado de Tennessee fue una de las primeras que permitió que aflorara con la máxima vehemencia por ambas partes (especialmente —y espero no ser parcial— por la religiosa) la enorme disputa que en los EEUU sigue enfrentando (casi siglo y medio después de Darwin) a los creyentes cristianos más reaccionarios y fundamentalistas, que apoyan el pensamiento creacionista, contra la influencia del evolucionismo de tipo darvinista en la mentalidad de los alumnos de secundaria de su país.

Pero no sólo Peay fue débil en la primavera del año veinticinco del siglo pasado. Seguramente el resto de los evolucionistas de Tennessee no supieron bien como hacer llegar su voz a la opinión pública en aquellos tiempos, más allá de divertidas o enfadadas cartas a los diarios.

Quizás no tuvieron tiempo dada la celeridad en la aprobación de la norma... Pero, sin duda, es fácil ver que en los círculos ilustrados también hubo algo del viejo temor académico a mezclarse en debates políticos con gentes sin una especial instrucción, aunque en ello les fuera la base de su libertad de cátedra. Recordemos que el hecho de explicar que los hombres teníamos antepasados comunes con los monos, estaba prohibido también en las universidades públicas...

Así, varias semanas antes de que la nueva norma fuera aprobada, el jefe del Departamento de Zoología de la Universidad de Tennessee ya había rechazado mostrar los libros de texto con los contenidos de su materia a los periodistas, en un intento de evitar polémicas. Ello fue apoyado por el presidente de la misma Universidad, el cual publicó secretamente unas instrucciones oficiosas en las que recomendaba que todos siguieran dicha conducta. Sin duda, los amantes del progreso de la ciencia en aquel estado perdieron una buena ocasión para que su voz fuera oída más allá de los muros de sus aulas. Mejor que hacer frente a la amenaza, rehuir la confrontación, debieron pensar.

Pero el problema no era sólo el del freno al avance del conocimiento, sino que también se ponían en juego otros valores como los de la libertad de expresión, así como el de la defensa del laicismo en las escuelas públicas.

Por suerte para todos, para la defensa de una buena parte de los valores que estaban en juego, ya había sido fundada en el año 1920 en los EEUU —por gentes como Roger Baldwin, Crystal Eastman, Albert DeSilver y otros—, la Unión Americana de Libertades Civiles (American Civil Liberties Union, ACLU), una organización sin ánimo de lucro que pronto alcanzó un sólido prestigio y que en la actualidad cuenta con más de 300.000 asociados en dicho país.

La ACLU, ya desde el primer momento, se dedicó a aportar abogados y ayuda legal cuando vislumbraba en algún caso que las libertades civiles de los ciudadanos de los Estados Unidos podían estar en peligro por alguna norma o actuación del gobierno7, lo cual, sin duda, no era fácil ni barato la gran mayoría de las veces. Pero, pese a todo, la firmeza de sus creencias hacía que trataran de entrar en liza siempre que vieran riesgos en el proceder de alguna autoridad pública.

Es por ello que, tras enterarse de lo que estaba sucediendo en Tennessee, la ACLU empezó enseguida a interesarse por el tema, situándose claramente en contra de la norma de Butler, actitud en la que fue apoyada por la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (American Association for the Advancement of Science, AAAS), editora de la revista Science.

Pese a la miopía de los gobernantes, que parece ser que nunca pensaron que hubiera para tanto (como hemos visto en el caso de Austin Peay), muy poco después, a mediados de un mes de julio especialmente caluroso del año 1925, por diversas razones que trataremos de ir explicando, en la pequeña —y casi desconocida— ciudad de Dayton —que por aquel entonces era sólo una tranquila población de 1.800 habitantes—, se celebró un juicio que tuvo una gran repercusión pública en muchas partes del mundo en aquel momento y que fue conocido como el juicio del mono.

En él se acusó de la práctica ilegal de la enseñanza de la evolución según la teoría de Darwin a un joven profesor, recién licenciado, cuyo nombre pasaría a la historia, casi sin pretenderlo, John Thomas Scopes8.

¿UN PEQUEÑO JUICIO PARA UN HOMBRE, PERO UN GRAN JUICIO PARA TODO UN PAÍS9?

El pase ante la justicia de Scopes10, tal vez pueda parecer a la gente de hoy en día que no tenía mayor importancia, dado que parece un juicio irrelevante a una persona en absoluto conocida en un pueblo aparentemente perdido en el enorme mapa de los EEUU. Pero no fue así.

Desde muchos meses antes de su inicio, gentes de todos los EEUU habían estado siguiendo lo que se estaba aprobando en Tennessee con atención, dándose cuenta de lo que estaba en juego y, poco a poco, los dos bandos enfrentados, los que defendían y atacaban la evolución, fueron juntando fuerzas para tratar de ganarlo.

Incluso se llegaron a enviar reporteros desde la Institución Smithsoniana un mes antes para fotografiar a los protagonistas de los acontecimientos, a medida que éstos se iban sucediendo, e ir captando el ambiente que se iba viviendo en la ciudad.

Por otro lado, la gente sabía que en las universidades era normal enseñar a Darwin en aquel tiempo. Los más importantes profesores de zoología del estado así lo hacían. ¿Porqué el gran juicio sobre este tema recayó sobre los hombros de un profesor recién licenciado, que tal vez, incluso, no había enseñado realmente esa materia en clase?

EL MEJOR MOMENTO PARA ATRAPAR UNA SERPIENTE ES CUANDO COMIENZA A MOVERSE

Y parafraseando a Rafael Sánchez Ferlosio, cuando un arco ya está muy tenso, lo normal es que se dispare su flecha. Así, justo tras ser aprobada, la norma fue rápidamente desafiada por la American Civil Liberties Union, que hizo público que si encontraban un profesor al que no le importara ser acusado de haber violado la nueva norma antidarvinista, financiarían los costes de sus abogados. Ello se hizo mediante una nota en el periódico Chattanooga Daily Times, el más importante diario de la zona, en la que se indicaba “Buscamos un profesor de Tennessee que esté dispuesto a aceptar nuestros servicios para poner a prueba dicha ley ante los tribunales”11. El peligro de que normas similares se estuvieran aprobando en los estados vecinos, fue seguramente lo que hizo que las cosas se precipitaran.

Enterado de ello, un inquieto vecino de Dayton, George Washington Rappleyea, un hombre bajito y nervioso, religioso aunque también partidario de la evolución, empezó a moverse también viendo las oportunidades que podía haber detrás de ese desafío. Por ello, mandó un telegrama nada más leer la noticia a la ACLU para saber si realmente le apoyarían si encontraba al profesor. La rápida respuesta de la organización fue que sin duda lo harían. Neoyorquino de origen, y con 31 años12 en 1925, Rappleyea era ingeniero metalúrgico y gerente de las seis minas que eran gestionadas en la zona de Dayton por la Cumberland Coal and Iron Company.

El 4 de mayo, pues, Rappleyea reunió en el colmado o drugstore de F. E. Robinson (que era a la sazón el presidente entonces del Consejo Escolar municipal) a un grupo de hombres y mujeres de Dayton, procedentes del mundo de los negocios o del derecho, a los que convenció fácilmente del interés que tenía para la ciudad el que el profesor que transgrediera la norma fuera de allí mismo y que se le juzgara en el mismo Dayton. Todos, aunque de forma tácita en algún caso, decidieron que debía aceptarse el reto de la ACLU y hacer algo al respecto.

Tras el acuerdo, Rappleyea convocó inmediatamente a su amigo Scopes, de sólo 24 años de edad, que también era partidario de la evolución, seguramente de un modo más firme13, con el que habló en la misma tienda de Robinson y al que convenció para aceptar a toda prisa el ser imputado, antes de que se les adelantara algún otro profesor de algún otro lugar del estado.

John Thomas Scopes14 (1900-1970) se había graduado en leyes por la Universidad de Kentucky en el año 1924. Tras acabar su carrera universitaria, había encontrado su primer trabajo provisional —durante un año— como entrenador deportivo de fútbol americano en el Instituto de secundaria del condado de Rhea, en Dayton. Su contrato también le permitía actuar como profesor sustituto en álgebra, física y química, y parece ser que también en biología en alguna ocasión, ya que había sustituido durante dos semanas por baja al profesor de dicha materia, Mr. Ferguson.

Rappleyea le dijo “John, hemos estado hablando y yo defiendo que nadie puede enseñar biología sin enseñar la evolución”. Scopes se mostró de acuerdo, mientras cogía de uno de los estantes de la tienda de Robinson un ejemplar del libro Civic Biology (Biología Cívica), escrito una década antes por George William Hunter15, el cual era un libro obligatorio para secundaria, en el que —tal cual ya hemos comentado— se describía de forma clara y explícita la teoría de la evolución y nuestra relación con los primates.

Ya en aquel momento Rappleyea y Scopes comentaron la curiosa circunstancia de que mientras la ley de Butler prohibía específicamente la enseñanza de la teoría de la evolución en todas las escuelas del estado, las autoridades educativas de Tennessee seguían manteniendo el libro de Hunter como manual obligatorio de biología para secundaria. Para ellos, el cumplimiento de la normativa educativa era imposible si se acataba la de Butler y viceversa. Algo que, por otra parte (tal como hemos visto) ya había sido entrevisto por el gobernador Peay y otra mucha gente.

NO TODO ERAN GRANDES IDEALES

Sin embargo, conviene dejar claro en este momento que no fue en ningún caso la defensa de la enseñanza de la evolución la que guió los pasos del grupo (aunque quizás sí la de algunos de los que intervinieron, como, evidentemente, Scopes y muy posiblemente el mismo Rappleyea, que según algunos autores despreciaba la nueva ley), ni la defensa de las libertades civiles en general, dado que como se ve por los acontecimientos que luego tuvieron lugar muy poco después, casi la mitad de los reunidos se presentaron posteriormente como abogados voluntarios para apoyar la acusación contra el pobre Scopes, pese a ser amigos suyos, como era el caso de los hermanos Hicks16.

Lo que guió al grupo fue sólo, según todos los testimonios, el pensar como resucitar a su ciudad. En el ánimo de los congregados en la tienda de Robinson (fueran cuales fueran sus creencias), pesó más que ninguna otra consideración el hecho de que Dayton había perdido la mitad de su población desde finales del siglo XIX (de 3000 a 1800 habitantes en los últimos treinta años) y que ello no era bueno para los intereses de ninguno de sus comerciantes, de sus profesionales ni de sus orgullosos habitantes.

Pero había un pequeño problema, ya que según parece Scopes no recordaba exactamente sí había hablado alguna vez en clase sobre la evolución (aunque lo más probable fuera que no), pese a lo cual contestó a Rappleyea que “si se puede probar que he enseñado la evolución y que puedo servir como demandado, estoy dispuesto a ser acusado en un juicio”. No hubo que hablar mucho más, Scopes no era conocido, era un recién licenciado en otra materia, era sólo un profesor sustituto, quizás ni había dado la materia, pero, dadas las prisas, era lo único que Rappleyea tenía a mano y no lo iba a dejar escapar.

Con su profesor bajo el brazo (creemos que sólo en sentido figurado), Rappleyea mandó un rato después un telegrama a la oficina central de la ACLU en Nueva York indicando que ya tenía un profesor que se prestaba para el desafío a la norma. La organización en favor de las libertades civiles contestó al día siguiente aceptando la propuesta.

LA MÁQUINA EMPIEZA A FUNCIONAR

Es por esa razón que el mismo 5 de mayo se hizo pública la noticia de que el 24 de abril anterior Scopes había enseñado, basándose en el texto de Hunter, los conceptos evolucionistas en una clase de secundaria de su instituto, razón por la cual ese mismo día las autoridades se vieron en la obligación de imputarle por haber contravenido el estatuto de Tennessee contra la evolución. Si vemos las fechas, sólo mes y medio después de entrar en vigor la norma y únicamente tres meses y medio tras su presentación, deduciremos que es ciertamente complicado imaginarse alguna forma mediante la que se pudiera haber hecho que las cosas fueran aún más rápidas.

Tras una primera vista preliminar el 10 de mayo, y tras haber pagado una fianza, Scopes tuvo que presentarse a una primera audiencia el 25 de mayo ante un gran jurado especialmente convocado. Los miembros del mismo tramitaron la acusación y mandaron a éste que se presentara durante la mañana del viernes 10 de julio de 1925 en el Palacio de Justicia del Condado de Rhea, en Dayton, para que se viera el juicio por el delito que supuestamente había cometido. Pese a todas las peripecias judiciales, conviene señalar que no nos consta que Scopes ingresara jamás en prisión ni un momento.

De la enorme expectación que causó el juicio es toda una señal clara el que, según cuentan las crónicas y parece apreciarse por las imágenes que nos han llegado, miles de personas —entre ellas numerosas personalidades— se desplazaran hasta Dayton para ver con sus propios ojos lo que estaba pasando17.

Entre ellos estaban cerca de doscientos periodistas, lo cual —incluso ahora— sería muchísimo, cuyas crónicas eran enviadas por telegrama diariamente a diferentes periódicos situados por toda América, Europa y Australia.

Entre los informadores más destacados estaba Henry Louis Mencken18 (1880-1956), del Baltimore Evening Sun, un librepensador en el mejor de los sentidos (si es que hay alguno malo), que colaboró con su aguda pluma en defensa de Scopes y que atacó con verdadero vigor a la figura de Bryan, el principal abogado de la acusación en su contra. No hemos de olvidar que este periodista y afamado editor fue toda su vida un ácido defensor de la libertad de conciencia y de los derechos civiles, aunque desgraciadamente no debe ocultarse que es posible ver algunos muy desafortunados y no justificables toques racistas en sus escritos. Mencken se opuso en todo momento al puritanismo que se vivía en su época y luchó con su pluma continuamente contra el intransigente fundamentalismo cristiano de los Estados Unidos, hasta el punto que, años más tarde, en 1931, el gobierno de Arkansas aprobó una moción para que se rezara por su alma. Para Mencken “El hombre se hace civilizado no en proporción a su disposición para creer, sino en proporción a su facilidad para dudar”.

Mencken ya tuvo en su momento que escribir acerca de las hipótesis antievolucionistas de los que veían en la naturaleza la mano de Dios “El argumento teológico del diseño, popularizado en los países de habla inglesa por William Paley, no resulta convincente en absoluto. El creador que lo esbozó muestra sólo una inteligencia limitada si la comparamos con la de su supuesta obra maestra, el hombre, y todas sus invenciones [del creador], salvo algunas, son hostiles a la vida en la tierra más que beneficiosas. No hay nada en ellas que sea tan ingenioso, tan simple y tan admirablemente adaptado a sus aplicaciones como la rueda. Paso por alto las invenciones sumamente más complicadas de la era moderna, muchas de ellas enormemente superiores, por ejemplo, al corazón de los mamíferos. Y también paso por alto las contribuciones relativamente ordinarias de este creador en el campo estético, en donde él también ha sido sobrepasado por el hombre, por ejemplo, en la habilidad del diseño, complejidad y belleza de los sonidos de una orquesta. De la irracionalidad y del despilfarro del proceso natural en su conjunto es apenas necesario hablar. Nada hecho por el hombre se asemeja a él aquí, salvo solamente el Gobierno. No es por lo tanto ninguna maravilla que la mayoría abrumadora de hombres, siempre y en todas partes, se haya inclinado por la creencia del origen divino de los gobernantes”19.

Otro invitado de excepción en el juicio fue el mismo Butler, autor de la ley. Acreditado en esta ocasión también como reportero, señaló a la prensa que “nunca pensó que su norma pudiera provocar ningún revuelo. Sólo que sería una ley, y que todo el mundo la acataría y que no se volvería a oír hablar sobre la evolución en Tennessee”.

Y además de todo ello, que no es poco, quizás por primera vez las noticias sobre un juicio se retransmitían diariamente por radio a todos los EEUU gracias a la WGN, la primera emisora de radio inaugurada en Chicago, nacida en 1921 por iniciativa del diario The Chicago Tribune, mediante un acuerdo con Westinghouse Electric y Manufacturing Company’s KYW.

El esfuerzo de retrasmitir el juicio de Dayton no fue barato, según documentación de la propia emisora, ya que el coste del envío de una unidad a Tennessee, casi en la otra punta de los EEUU, fue de unos mil dólares diarios sólo en gasto telefónico. Hasta allí, además, enviaron al que llegaría a ser uno de sus locutores estrella en los años treinta en América del Norte, Quin Ryan, el cual había llegado a la emisora el año anterior, procedente del The Chicago Tribune, y al ingeniero Paul Neal.

La primera vez que vi la película que Stanley Kramer hizo treinta y cinco años más tarde sobre este caso, pensé que el peso que se le daba a la radio en dicha película —especialmente al final del film—, era excesivo, pero parece ser que es cierto que la sala se reordenó alrededor del micrófono de la WGN para facilitar la difusión de los debates a los radioyentes, en una época en que este medio ya era muy seguido en Norteamérica.

Así, todas las partes tuvieron muy presentes en sus intervenciones las posibilidades que les brindaba dicho medio —como en la actualidad lo harían con la televisión o Internet— y, sin duda, ello fue todo un peso para John Raulston, el juez del caso, el cual, seguramente, nunca debió imaginarse que cada uno de los pasos que iba a dar en un juzgado iban a ser “juzgados” a su vez de forma tan amplia por tantísima gente. Parece ser que incluso algunos de los miembros del jurado la escuchaban y, en un momento dado, se les pidió que no lo continuaran haciendo tras pedirles que se retiraran mientras se debatía un punto procedimental20.

DOS GIGANTES FRENTE A FRENTE

La composición básica de las dos partes contendientes, fue pronto decidida. El equipo de la defensa, muy sólido al final, se formó más o menos rápidamente, aunque con algún debate serio previo21, ya que —curiosamente— no se constituyó gracias a la intervención de la American Civil Liberties Union, como hubiera sido el deseo de esta organización, sino solamente tras vencerse sus reticencias hacia Darrow, que sería la ‘estrella’ de la defensa..

El abogado Clarence Seward Darrow (1857–1938) actuó al principio por cuenta propia y de forma gratuita, tras ofrecerse a Scopes de forma desinteresada. Era un abogado agnóstico (aunque quizás ateo sea lo que más correctamente definiría su posición según algunos autores), que era muy conocido por su ingenio y por algunos de los casos que había llevado, los cuales —en algún ocasión— habían tenido una gran repercusión en la prensa.

Recalcamos lo de que actuó a instancia propia en los primero momentos y no por cuenta de la ACLU —como se recoge en muchas fuentes— hasta el cabo de un tiempo, por el temor de la asociación estadounidense a que el proceso no se centrara tanto en la defensa de las libertades civiles como en la lucha contra la religión o contra los valores que ésta defendía.

Para la ACLU, el juicio debía basar la defensa en el ataque a una norma que violaba las libertades civiles, y no les parecía muy relevante en sí el hecho de que la libertad atacada fuera la de la defensa del evolucionismo o antievolucionismo, ni de la religiosidad ni de la antirreligiosidad.

Sin duda, Darrow, nacido a mediados del siglo anterior y que tenía en aquel entonces ya 68 años, atesoraba una larga experiencia procesal a sus espaldas y en diferentes ocasiones anteriores se había mostrado en los juzgados como una especie de cruzado antifundamentalista, como él mismo se describió en sus memorias22.

Otro abogado cuyo nombre no ha sido tan famoso posteriormente en el conjunto de esta historia, pero al que se le deben algunas de las mejores intervenciones según los expertos en defensa de la libertad académica y al que, incluso, respetaba el propio Butler, fue Dudley Field Malone (1882 - 1950), también miembro del partido demócrata, que había sido asistente de Bryan —el principal miembro del equipo de la acusación— cuando éste fue secretario de estado. Fue actor en los últimos años de su vida.

El equipo de la acusación también se formó de forma veloz. Estaba compuesto por muchas personas, entre las que destacaba el fiscal jefe Thomas A. Stewart, los hermanos Sue y Herbert Hicks, Wallace Haggard, J. Gordon McKenzie (que era juez del condado) —además de Ben McKenzie, padre del anterior y abogado retirado—, todos los cuales habían estado en la reunión en la tienda de Robinson (menos Stewart) y, sobre todo, William Jennings Bryan y su hijo, cuya actuación fue destacada así mismo.

Bryan (1860–1925) era un político demócrata muy conocido, que hacía años había sido nombrado candidato a la presidencia de los EEUU por su partido en tres ocasiones diferentes (1896, 1900 y 1908)23 y que, sin duda, había controlado la actuación de dicha formación política a lo largo de todo el cambio de siglo. De él podemos decir que, seguramente, el film de Kramer no le hizo justicia alguna, al caricaturizarlo en exceso, siguiendo la tendencia de la obra de teatro en la que se basaba su película24.

Al fin y al cabo, William Jennings Bryan, pese a ser un populista que siempre trató de presentarse como un defensor de los pobres (sin demandar grandes reformas sociales de fondo), era también un afamado pacifista, favorable así mismo al sufragio de las mujeres, que llegó a ser, tras no poder alcanzar la presidencia, secretario de estado (lo que es equivalente a ministro) bajo el mandato del presidente Woodrow Wilson entre los años 1913 y 1915, dimitiendo en dicho año por no estar de acuerdo con la política que dicho mandatario estaba llevando a cabo.

Cuando el juicio de Dayton, ya hacía tiempo que había finalizado su actividad política al frente del partido. Con 65 años de edad, tres menos que Darrow, su principal oponente, hacía tiempo, desde que abandonó la secretaria de estado, que había decidido dedicarse a la defensa de diferentes causas .

Pese a que siempre había tenido una clara posición antidarvinista, al sospechar que la misma podía socavar la moralidad de la época, conocía la obra de Darwin y no se hizo un activista en contra de las teorías evolucionistas hasta finalizar la primera guerra mundial, cuyos horrores atribuyó al materialismo fruto de teorías ateas como, entre otras, las darvinistas.

Para él, las ideas del naturalista inglés eran la principal amenaza con la que se enfrentaba en su tiempo los EEUU, y era necesaria combatirlas en todos los campos posibles. Como dijo en una cena ofrecida en su honor por un grupo de personas de Dayton unos pocos días antes del juicio, si la evolución ganaba, el cristianismo debería irse (“If evolution wins, Christianity goes!”).

Bryan, que ya era muy conocido por su defensa de los principios bíblicos, se ofreció directamente también de forma desinteresada para actuar para la acusación, aunque es cierto que el 13 de mayo de 1925, el pastor Baptista William Bell Riley y otros líderes de la WFCA (Asociación Mundial de Cristianos Fundamentales, World’s Christian Fundamentals Association), asociación religiosa fundamentalista nacida en el año 1919, que se hallaban reunidos en Memfis, le habían enviado un telegrama para pedirle su intervención en favor de la acusación. En cualquier caso, el 14 de mayo, Sue Hicks, que ya se perfilaba como una de las principales bazas de la acusación (pese a haber estado entre los habitantes de Dayton que se reunieron con Rappleyea), aseguró que era un honor el tener a Bryan a su lado, aceptando complacida su presencia.

El que la defensa estuviera integrada por abogados que casi todos eran de fuera de Tennessee (del ‘norte’ y de ‘grandes ciudades’) y el que la acusación la integraran abogados básicamente de Dayton, salvo el populista Bryan y su hijo, sirvió a una gran parte del público local para sentir de un modo un poco más profundo una cierta animadversión hacia los defensores, como si fueran un grupo de extraños que habían venido a atacar el ‘Tennessee way of life’ y a interferir en las decisiones libres y soberanas de su cámara de representantes.

No parece que un cierto nacionalismo sureño hiciera que nadie resucitara el fantasma de la guerra civil (acontecida sólo poco más de medio siglo antes) y de las causas que la provocaron, pero, sin duda, una pequeña parte del espíritu de dicho conflicto se paseó por las calles plenas de gente, excepto en las horas de máximo calor, de la pequeña Dayton.

Pese a todo, el ánimo en general de mucha gente no implicó en ningún caso que el recibimiento de la defensa fuera tan frío como se muestra en la película de Kramer. Rappleyea fue a buscar a Darrow a la estación acompañado por un grupo de gente, que les siguió durante el trayecto. La defensa no se alojó en el mismo hotel que la acusación, sino que lo hizo en un viejo caserón situado en las afueras, que había estado desocupado desde hacía años y que para algunos tenía fama de ser una ‘casa encantada’25. No parece ser que hubiera mala intención, sino sólo que no era fácil encontrar un alojamiento que permitiera estar y trabajar a la defensa con algo de comodidad y privacidad, en un pueblo atestado. Pese a que la ubicación no era la mejor deseable, Rappleyea les visitaba constantemente, tratándolos con suma cortesía.

COMIENZA EL ESPECTÁCULO...

Como ya hemos indicado antes, el viernes 10 de julio se iniciaba el juicio26 ante el Tribunal del Condado de Rhea en Dayton. Aquel iba a ser el primero de los ocho días laborables que duró el proceso, que como vemos no se extendió demasiado en el tiempo.

Ese día se dedicó a la elección del jurado, sin muchos problemas, pese a observar Darrow que todos eran de la localidad y once de los doce eran conocidos por tener, de alguna manera, posiciones cercanas a las fundamentalistas y un muy escaso conocimiento de las teorías evolucionistas.

Pero en el fondo, es normal. ¿Quién conoce ahora la obra de Darwin? ¿Quién la podía conocer en Dayton? Los miembros del jurado, casi por lógica, si eran de la zona, debían siempre estar más cerca de las posiciones religiosas más creyentes que no de las más abiertas a favor de la evolución.

Tras la elección, hubo un receso hasta el lunes. El fin de semana se multiplicaron las oraciones públicas. Un pastor de la rama norte de la iglesia metodista de la localidad, Howard Byrd, invitó a hablar durante una ceremonia religiosa celebrada en la mañana del domingo al aire libre a Charles Francis Potter, pastor liberal unitario, del que se sabía que estaba próximo a los principios evolucionistas. El público asistente, enfadado por ello, no le permitió que hablara cuando se subió al púlpito. Cuando Byrd, a su vez, trató de hacerlo, tampoco se lo permitieron.

Mientras, en otra iglesia metodista, William Jennings Bryan hacía un discurso ante una multitud exaltada que aplaudía cada una de sus frases. En uno de los asientos estaba John Raulston, el juez que iba a guiar el proceso, con su familia, escuchando atentamente. Por la tarde, nuevo discurso de Bryan en la calle, pronosticando que estaba muy contento de enfrentarse contra los evolucionistas en un juicio, en un duelo a muerte entre ellos y la religión.

El lunes 13 de julio, un público formado por una mil personas —de las cuales trescientas estaban de pie— esperaba el inicio del proceso con una expectación que, sin duda, rebasaba las previsiones más optimistas de Rappleyea y de sus “compinches”. Los alrededores de la sala estaban colmados por oradores religiosos, vendedores de limonada, vendedores de libros apocalípticos contra el evolucionismo, pancartas... Una atmósfera cargada. El show estaba asegurado.

Tras una breve oración, en la que un pastor poco conciliador mostró claramente su posición antidarvinista, se inició formalmente el juicio.

Tras comenzar los debates, rápidamente quedó clara la principal línea de trabajo de la defensa, que era la de hacer ver que la acusación contra Scopes debía ser desechada por violar tanto la Constitución de los EEUU, sobre la base de su primera enmienda, como la de Tennessee. Para los abogados de Scopes, según el Tribunal Supremo de los EEUU: “La ley no sabe de herejías, ni está comprometida con el apoyo de ningún dogma ni de ninguna secta”. Para Darrow y sus compañeros, la nueva ley de Tennessee era, sencillamente, inconstitucional27.

LA PRIMERA ENMIENDA

La primera enmienda de la Constitución de los EEUU, de 1791, indica que: “El Congreso no hará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado o se prohíba practicar ninguna libremente, o que coarte la libertad de palabra o de imprenta, o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente o para pedir al gobierno la reparación de agravios”28. Esta enmienda fue promulgada ante el temor que algunos estados de la Unión pudiera imponer alguna determinada fe religiosa en las escuelas.

Curiosamente, para luchar por la libertad de religión en todos los estados, se prohibió hablar de teorías religiosas en los centros públicos. Aunque eso durante mucho tiempo sólo fue un papel legal más, sin mayor valor.

Según se puede interpretar de la enmienda (y así lo han hecho los jueces estadounidenses repetidas veces), el primar una teoría religiosa (de la Biblia o de otros libros sagrados) enseñando sus doctrinas en los colegios públicos, equivale a señalar las teorías de dicha religión como oficiales para las autoridades educativas, ya que se enseña sólo una y no todas las demás.

UN JUICIO PARA PERDERLO

Pero la base constitucionalista de la defensa, según la prensa de la época, no pareció impresionar en exceso al juez John Raulston, el cual dejó claro que no iba a tener en cuenta ese argumento para una posible anulación de la acusación que pesaba sobre Scopes.

El juez sólo estaba preocupado, por lo que parece, por la cuestión legal, sobre si Scopes había incumplido la ley o no. El tema constitucional no quiso abordarlo, como tampoco otro de los puntos argumentados por Darrow, el que la ley también estaba en contra el requerimiento educativo del estado de Tennessee que obligaba proteger la ciencia en las escuelas29.

Raulston no pareció durante el juicio que pretendiera que éste fuera más allá de ¿hay una norma? ¿qué dice exactamente? ¿se ha incumplido?... sin aceptar nada que le desviara de ello y sin entrar (y sin permitir que se entrase) en consideraciones acerca de si la evolución era correcta y la ley incorrecta e inconstitucional, y si Darwin y el cristianismo podían ir de la mano.

Sin duda mantuvo una cierta actitud de deferencia hacia Bryan (prueba de ello fue el haber ido a oír su plática el domingo), pero, sin embargo, seguramente actuó guiado, como señalara Winterton C. Curtis —un experto de la defensa al que Raulston no dejó dar su testimonio—, de acuerdo honradamente ‘con sus luces y también con sus prejuicios’, pero sin mala fe.

Pero, pese a ello, los encontronazos entre las partes (y de Darrow con el mismo juez) a lo largo del proceso fueron inevitables. Mucha tensión, mucho público, muchos medios de comunicación, mucho en juego, aparentemente.

Tampoco debió gustar al juez, profundamente creyente, uno de los alegatos de Darrow d