05 diciembre, 2007

¿UNA CIENCIA A DOS VELOCIDADES?

El Informe del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (Programme for International Student Assessment, PISA), elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), publicó a inicios de diciembre los resultados y los análisis de unas pruebas que se realizaron en el 2006 para la valoración de los conocimientos en ciencias, matemáticas y lectura de estudiantes de quince años de diferentes partes del mundo. El estudio (hay uno cada tres años) se llevó a cabo entre cientos de miles de escolares de 30 países de la OCDE y de 27 países asociados, todos ellos situados entre los más industrializados.

Según dicho informe, España se sitúa en el puesto 31 de los estados analizados por el nivel de competencia científica de sus alumnos. Los resultados son similares, en lo malo, a los de los informes del 2000 y del 2003. Las variaciones por autonomías demuestran la relación directamente proporcional entre la mayor inversión pública con la mejor capacidad de los estudiantes.

En otros aspectos de la educación no salimos mucho mejor parados, ya que tampoco son amplios los conocimientos de estos mismos alumnos en matemáticas o lectura, siendo el gasto educativo en España inferior al de la media del estudio de la OCDE.

Ello contrasta, sin duda, con un cierto esfuerzo por la búsqueda de la excelencia que, al mismo tiempo, se está tratando de dar desde hace unos años en España, con unas inversiones cada vez mayores (aunque aún insuficientes) en determinados campos de la investigación científica y de la tecnología, tanto desde el gobierno central como desde los autonómicos, mediante la creación de algunas instituciones -que se espera sean punteras- por todo el territorio nacional, a veces en franca competencia entre sí.

Y es curioso que todo ello se produzca además, justamente cuando, como se observa en las matriculaciones de nuestras universidades, cada vez hay menos jóvenes que apuestan por desarrollar carreras científicas o tecnológicas, por preferir dedicarse a actividades que suponen, quizás, un menor esfuerzo intelectual y una mayor retribución económica que, además, se empieza a obtener muchísimo antes.

Tal vez, como ya pasa en muchos países (como los propios EEUU), poco a poco se vaya generando una España de dos velocidades en conocimientos científicos y tecnológicos, con unos recursos que se vayan aumentando para investigación e innovación (lo que está bien) y una educación general que se limite justito a garantizar un conocimiento mínimo y muy local del mundo que nos rodea.

Como señala el informe PISA, en las sociedades científicas y tecnológicas actuales, comprender los conceptos y las teorías científicas fundamentales y tener la habilidad de estructurar y resolver los problemas de todo tipo que éstas sociedades plantean de una forma crítica, tras haber recibido una formación básica adecuada, es más importante que nunca. Puede parecer exagerado, pero posiblemente vaya en ello el futuro de nuestra democracia.

Alfonso López Borgoñoz