A mediados del pasado mes de octubre, la Europa política conseguía dar un pequeño paso en su proceso de construcción gracias a un tratado de mínimos en Lisboa, que posiblemente era el mejor que se podía conseguir en estos momentos. Juntos, sí, pero no muy revueltos.
Por suerte, y al mismo tiempo, otros europeos seguían ultimando la preparación conjunta del módulo Columbus de la Agencia Espacial Europea (ESA) para el nuevo salto que daremos este 6 de diciembre cuando este pequeño laboratorio de ocho metros de largo sea lanzado al espacio, si todo va bien, en el Atlantis desde el Centro Espacial Kennedy (EEUU).
Nacido, como todo en la ESA, de la cooperación entre estados de nuestro continente, este módulo será la piedra angular de nuestra contribución a la Estación Espacial Internacional. Pese a que para muchos sea modesto, dado el potencial de los países que forman dicha agencia, no deja de ser todo un logro dado el escaso presupuesto que seguimos dedicando a estos temas (por lo que parece, cada ciudadano de un estado miembro de la agencia europea paga al año en impuestos para gastos en astronáutica lo mismo que cuesta una entrada de cine, mientras que en los EEUU la inversión por habitante es casi cuatro veces mayor).
Pese a los problemas surgidos con otros proyectos, como el Galileo, es reconfortante contemplar como la cooperación en el uso pacífico no comercial del espacio es cada vez mayor. Incluso el 1 de noviembre pasado la ESA informaba que habían sido un éxito las órdenes transmitidas a la misión lunar china Chang’e-1 desde la estación del INTA de Maspalomas, en la isla de Gran Canaria.
En estos tiempos de recuerdo del Sputnik I y del Explorer I, que se vivieron con tensión en muchos momentos y en medio de una competencia feroz entre estadounidenses y soviéticos (pensemos que los ingenieros que se ocuparon de hacer posibles los primeros cohetes que llevaron dichos satélites al espacio, como Von Braun o Korolyev, habían diseñado antes cohetes para el transporte de cargas explosivas -incluso atómicas- en V-2 o en misiles balísticos intercontinentales), no deja de ser reconfortante el giro que han tenido los acontecimientos.
Aunque los esfuerzos de la ESA y de la Estación Espacial sean mejorables, su modelo de trabajo en común sigue siendo de lo mejor que tenemos, más allá de sus posibles éxitos (que por suerte, pronto serán superados, aunque nunca deberemos olvidar que cada peldaño ayuda a subir el siguiente).
Quizás, los infinitos caminos que parece marca el espacio pasen todos ahora por una misma senda, que es el de la ayuda mutua, al menos en sus usos pacíficos. Como la Antártida y el Ártico, el Cosmos, no debería ser nunca de nadie.
Alfonso López Borgoñoz
(Publicado en el editorial de diciembre de 2007 de la revista Astronomía)
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03 noviembre, 2007
25 enero, 2007
¿UNA GUERRA DE LAS GALAXIAS ORIENTAL?
A finales de enero nos sorprendía la desagradable noticia de que China había lanzado el 11 de enero, en el más absoluto y preocupante de los secretos, un misil balístico para destruir un satélite meteorológico de casi una tonelada de peso, no se sabe aún bien porqué. Bueno, seguramente el porqué era el comprobar la capacidad de destrucción en el espacio del nuevo armamento chino y, subsidiariamente, algún problema que se dirá que se encontró en el satélite. Sea cual sea la causa en este caso concreto, lo evidente es el desarrollo previo de toda una compleja capacidad bélica de dudosa utilidad ‘científica’.
Según parece, el misil alcanzó su objetivo, destruyendo el objeto impactado y llenando el espacio de microchatarra que, en el mejor de los casos, tardará décadas en desaparecer. La operación, por los pocos datos que tenemos, fue un éxito, aunque ello sólo lo habrá sido, claro está, en la estrecha mente de los actuales mandatarios de esa gran nación asiática.
Debo reconocer, sin embargo, que esa valoración positiva de los responsables chinos sólo la supongo dado que, de momento, éstos guardan silencio sobre el lanzamiento. Sólo un portavoz oficial, hablando en general de la carrera espacial, ha dicho que China no desea emprender ninguna carrera armamentística más allá de nuestra atmósfera, en una muestra de cinismo sólo comparable al anuncio de ETA de que, pese al miserable atentado y a los dos asesinados en Barajas, no habían roto el alto el fuego...
El descubrimiento de este hecho gracias al espionaje estadounidense ha provocado una alarma más que justificada. Que China se una a Rusia y a los EE.UU. en el grupo de países con esa capacidad de llevar la guerra al espacio no tranquiliza, sino todo lo contrario. Quizás alguien se alegre porque otro país rompa con la hegemonía estadounidense, pero a nosotros nos gustaría que eso se hiciera de otra manera y por otros gobiernos con una mayor tradición democrática. Con tantas cosas que se pueden hacer en el espacio, centrarse en su militarización es una idiotez que nos acabará por afectar a todos.
Los riesgos de este tipo de acciones ya fueron expuestos en los años ochenta, cuando se desarrollaba en los EE.UU. el proyecto conocido como ‘guerra de las galaxias’, el cual fue frenado gracias a la presión de una parte importante de la ciudadanía de dicho país y del resto del mundo. Por desgracia, en China, la gente puede hacer poca presión, sólo asistir a unas Olimpiadas que, seguramente, estarán dedicadas a la paz mundial y en las que se soltarán palomas en su inauguración...
Pero tan peligroso como el hecho en sí, puede que sea la reacción de sus vecinos (India, Pakistán, Japón, Rusia o EE.UU. —algo más lejos, al otro lado del Pacífico—,...) a los que la preocupación por la capacidad china haga que se vean tentados en invertir en un armamento similar o incluso ‘mejor’, quitando recursos de finalidades sociales o de investigación más necesarias.
A cincuenta años vista del Sputnik, conviene recordar cómo, por desgracia, han ido indisolublemente unidos los avances en el uso pacífico del espacio con el de su uso militar, excepto en el caso de la agencia espacial japonesa o en el de la Agencia Espacial Europea (aunque no en la de algunos de los países que la integran, como Francia o el Reino Unido, por ejemplo). Sin duda, se hace imprescindible un nuevo tratado internacional que acote aún más el uso de armamento en el espacio, con más y mejores controles internacionales.
Alfonso López Borgoñoz
(versión larga del editorial un poco más breve publicado en la revista Astronomía en marzo de 2007)
Según parece, el misil alcanzó su objetivo, destruyendo el objeto impactado y llenando el espacio de microchatarra que, en el mejor de los casos, tardará décadas en desaparecer. La operación, por los pocos datos que tenemos, fue un éxito, aunque ello sólo lo habrá sido, claro está, en la estrecha mente de los actuales mandatarios de esa gran nación asiática.
Debo reconocer, sin embargo, que esa valoración positiva de los responsables chinos sólo la supongo dado que, de momento, éstos guardan silencio sobre el lanzamiento. Sólo un portavoz oficial, hablando en general de la carrera espacial, ha dicho que China no desea emprender ninguna carrera armamentística más allá de nuestra atmósfera, en una muestra de cinismo sólo comparable al anuncio de ETA de que, pese al miserable atentado y a los dos asesinados en Barajas, no habían roto el alto el fuego...
El descubrimiento de este hecho gracias al espionaje estadounidense ha provocado una alarma más que justificada. Que China se una a Rusia y a los EE.UU. en el grupo de países con esa capacidad de llevar la guerra al espacio no tranquiliza, sino todo lo contrario. Quizás alguien se alegre porque otro país rompa con la hegemonía estadounidense, pero a nosotros nos gustaría que eso se hiciera de otra manera y por otros gobiernos con una mayor tradición democrática. Con tantas cosas que se pueden hacer en el espacio, centrarse en su militarización es una idiotez que nos acabará por afectar a todos.
Los riesgos de este tipo de acciones ya fueron expuestos en los años ochenta, cuando se desarrollaba en los EE.UU. el proyecto conocido como ‘guerra de las galaxias’, el cual fue frenado gracias a la presión de una parte importante de la ciudadanía de dicho país y del resto del mundo. Por desgracia, en China, la gente puede hacer poca presión, sólo asistir a unas Olimpiadas que, seguramente, estarán dedicadas a la paz mundial y en las que se soltarán palomas en su inauguración...
Pero tan peligroso como el hecho en sí, puede que sea la reacción de sus vecinos (India, Pakistán, Japón, Rusia o EE.UU. —algo más lejos, al otro lado del Pacífico—,...) a los que la preocupación por la capacidad china haga que se vean tentados en invertir en un armamento similar o incluso ‘mejor’, quitando recursos de finalidades sociales o de investigación más necesarias.
A cincuenta años vista del Sputnik, conviene recordar cómo, por desgracia, han ido indisolublemente unidos los avances en el uso pacífico del espacio con el de su uso militar, excepto en el caso de la agencia espacial japonesa o en el de la Agencia Espacial Europea (aunque no en la de algunos de los países que la integran, como Francia o el Reino Unido, por ejemplo).
Alfonso López Borgoñoz
(versión larga del editorial un poco más breve publicado en la revista Astronomía en marzo de 2007)
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